lunes, 18 de julio de 2011

Desde el Plateau de Beille.


Debe haber sido una etapa bastante aburrida para ver por la tele, con tanta vigilancia, sin ataques reales, con candidatos que se conforman con no perder tiempo y le hacen el juego a uno de los chuparruedas más grande de la historia (Cadel cada día más cerca de su ansiado Tour), con desconocidos que dejan de rueda a los favoritos como si fueran principiantes, pero verlo ahí fue mágico.

Todo empezó a las 7 AM; igual que un niño en la noche de reyes, no había podido dormir demasiado. No había camellos ni pasto en la mañana fría de Font Romeu, pero igual nos levantamos, desayunamos e hicimos el bocata para llevar. A las 8:30 estábamos saliendo en los autos rumbo a Ax-les-Thermes. Llegamos ahí cerca de las 10, dejamos los autos y salimos con destino a Les Cabannes por una ruta hermosa que todos llamaban "Des Corniches", supongo que porque es como una cornisa que bordea la montaña ofreciendo unas vistas impagables. Como a las 12:30 llegamos a Les Cabannes, a pie de puerto. Era tanta la gente que la policía no dejaba andar en bicicleta hasta que realmente empezaba la ascensión. No me resultó fácil subirme a la bici y arrancar porque había que hacerlo en plena rampa, pero después de tres intentos lo logré, puse el 34/26 (es decir: todo lo que tengo) y no lo saqué hasta el final.

Yo creo que por la emoción, por la gente que alentaba, te empujaba y hasta te convidaba con una cervecita, por la ilusión de llegar, no lo recuerdo como un día de especial sufrimiento, aunque es seguro que lo fue. Sin embargo, mi memoria ha decidido borrar la agonía para quedarse con la magia. El día perfecto, soleado pero sin calor, con un aire de montaña que daba gusto, el olor a asadito proveniente de las roulottes, las banderas coloridas (sobre todo de Catalunya), la emoción desbordada, la alegría general: la fiesta del ciclismo. Algo que yo nunca había vivido.

A falta de cuatro kilómetros para meta ya no se podía continuar en la bici, por lo tanto, dimos la vuelta y elegimos un buen lugar (no voy a negar que mis piernas agradecieron que no nos dejaran seguir, aunque todos dicen que a partir de ahí "suaviza" un poco). Serían alrededor de las 2 de la tarde. Comimos, algunos de los miembros del club habían subido botellas de vino tinto, la pasamos en grande mientras esperábamos. Pasó la caravana de coches, me hice con un par de gorros, una camiseta, algunos llaveros y alimentos varios. Entonces todos nos centramos en la carrera. Patrice, un francés del club, estaba escuchando la radio por el móvil y nos iba traduciendo los movimientos. Varias personas se acercaban a preguntar.

Las caídas de Jens Voigt...
El comienzo de la subida...
Los fugados que son superados por los favoritos... (¿Samu viene en el grupo? preguntaba un vasco que estaba cerca, pero la radio francesa, enfocada en Voeckler no lo decía)
El tímido ataque de Frank que fue neutralizado... (¿Samu viene en el grupo?)
El intento de Andy que Contador abortó... (¿Samu viene en el grupo?)
El despegue de Vanendert...

Ya estaban ahí, pasó Vanendert solo y unos veinte segundos después el grupo de los favoritos. Samu iba con ellos. Voeckler también. La figura de Pierre Rolland me sorprendió aguantando una vez más junto a ellos, aunque en la cola. Después todos los demás, muchos desfondados, con las caras de zombies mirando al frente y sin reaccionar a nada, en ese estado de alienación que produce la montaña en los cuerpos adelgazados y con las pieles ennegrecidas por tantos días al sol del verano. Reconocí a muchos de ellos (Cancellara, Flecha, Voigt con las piernas ensangrentadas, Petachi, Gilbert, Leipheimer...). A algunos les grité, poseído por esa sensación general de protagonismo, como si los ciclistas necesitasen nuestro aliento, como si en vez de dióxido de carbono produjeramos oxígeno.

El postre fue ver bajar junto a nosotros a muchos de los cracks. Al llegar a pie de puerto sentí que todo el mundo me miraba y cuando giré la cabeza me di cuenta de que a mi lado estaba, detenido por el gentío igual que yo pero con cara de enojo, Cadel Evans. Volvimos a Ax-les-Thermes a un ritmo que me costó bastante seguir, entre autos y cientos de ciclistas. Pero después haber estado viviendo dentro de un sueño durante horas, ni siquiera ese ahogo pudo hacerme despertar.

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