lunes, 5 de enero de 2009

lo que me hubiera gustado hacer hoy

hoy, primer domingo del año, me hubiera gustado levantarme temprano, ir a la panadería a comprar bizcochos y caminar desde mi apartamento en la ciudad vieja hasta la parada del 427 en la calle paraguay. bajarme una media hora después en el barrio de nuevo parís, en la calle carlos de la vega esquina con turubí, ir por esta última hacia illescas y, a media cuadra, abrir el portón negro, golpear las manos y esperar a que mi abuelo viniera lentamente a recibirme gritando hacia adentro a medida que se acercaba: "blanca, blanca, vino el nico". con blanca, que era mi abuela, ir a la cocina del fondo, preparar el mate, sentarnos los tres bajo el fresco de la parra y contarles que había pasado las vacaciones en chiapas, un estado al sur de méxico, limítrofe con guatemala. que estuve en san cristobal de las casas, una ciudad en la montaña donde hace frío cuando cae el sol, que tiene muchas iglesias tan coloridas como las artesanías que venden los indios, de las que yo compré un buzo de lana de cabra, justamente contra el frío nocturno, que los indios son descendientes de los mayas y hablan el idioma tzotzil y que ahí cerca, más arriba todavía en las montañas, más cerca del sol, hay un pueblo que se llama san juan chamula y en su iglesia, que en vez de bancos tiene el piso lleno de las hojas puntiagudas de los pinos, los indios hacen sus oraciones arrodillados en el suelo y matan gallinas -aquí mi abuela se hubiera horrorizado- prenden velas y rezan, en su idioma, al dios de los cristianos, y a todos sus santos les piden cosas, y tienen botellitas con coca-cola, que para ellos representa el inframundo. y después contarle a mi abuelo que el primer amanecer del año lo vi en la selva lacandona, en territorio zapatista, porque estoy seguro de que a él le gustaría tener noticias del subcomandante marcos y de sus rebeldes. y también decirles que estuve en unas cascadas increíbles de aguas cristalinas, y que me bañé allí, y que fui a varias ruinas mayas, que tenían pirámides altísimas y piedras sagradas sobre las que los indios le sacaban el corazón a otros indios para ofrecerlo a sus dioses con cuchillos hechos de una piedra que se llama obsidiana, que debe ser uno de los nombres más bonitos que pueda tener una cosa en el mundo. y que, hablando de nombres, anduve en lancha por ríos muy caudalosos llamados con tanta musicalidad como la que tienen el uruguay o el paraná y que son el usumacinta y el grijalva, y que a en las orillas del grijalva se veían cocodrilos, y que arriba de los árboles había monos aulladores que gritaban como si fueran la mezcla de un perro malherido y un caballo desbocado, y que no, no había visto ninguna víbora -cosa que hubiese tranquilizado a mi abuela-. y que después fuimos a villahermosa, que está en el estado de tabasco, y mientras caminaba por la calle me encontré increíblemente con un poeta mexicano amigo y le pregunté si me podía decir dónde quedaba la casa en la que había nacido uno de mis poetas preferidos que se llama José Carlos Becerra y él se levantó de su mesa con sus amigos y me llevaron no sólo a donde había nacido ese tal becerra sino también a la papelería en la que actualmente trabajaban sus hermanas y me había mostrado además, y ya que estábamos haciendo turismo literario, la casa en la que nació otro poeta llamado josé gorostiza y también la de otro, más famoso todavía, llamado carlos pellicer. el hecho de que aquel poeta se hubiera levantado de su mesa para agazajarme habría deleitado a mi abuelo, tan buen anfitrión.
eso me hubiera gustado hacer este domingo y lo escribo así porque mientras lo escribo parece que lo estuviera haciendo.

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